La niña que ya no era una niña

 

Desde que conocí a mi hija hará 16 meses, no he dejado de preguntarme de qué manera afectan mis decisiones y mis acciones en el día a día de mi hija.

Estar embarazada, para mí, fue como estar en el limbo. Una tierra en ninguna parte. Lejos de todo y de todos. Pero cerca, muy cerca de mi hija. Ella y yo.

Durante aquel tiempo no me qüestioné nada. Solo vibraba y me dejaba fluir.

Cuando ella nació,  también nació una nueva madre. En mi interior llevaba el peso de mi infancia. El peso de unas normas y unas conductas aprendidas que se activan al tener a un bebé en brazos por la sencilla razón que ha sido lo que se ha hecho siempre.

Lo más profundo y lo más supérfluo en mí estaba en guerra. Mis instintos luchaban contra lo que “tenía que ser”. Algo se removía y quería salir a la superfície. Algo ancestral, mágico… Emociones a flor de piel. Sensaciones que se despertaban al acariciar a mi bebé, a mi pequeña, a mi hija.

Cómo podían aconsejarme que me separara de ella para dormir? Cómo podían decirme que aquella pequeña criatura, indefensa, necesitaba su espacio?

Yo dudaba. Era madre por primera vez. Acaso me estaría equivocando si la tenía conmigo, en contacto permanente? Cómo podía ser malo si era lo que me pedía el alma? Mi piel quería su piel, mi cuerpo llamaba a su cuerpo. Cómo puede ser malo un sentimiento que nace desde el amor?

Sentía la presión del entorno. Pero el torrente de sensaciones liberadoras que bullía dentro de mí era mucho más fuerte… y explotó.

La madre que había en mi interior, acallada, doblegada por las normas por fin despertó y floreció. Fué entonces cuando realmente fui la madre que quería ser.

Una madre amorosa pero firme. Una madre que guía, que acompaña. Una madre que nutre, que siente y que vive la maternidad libremente. Lejos queda aquella niña asustada, aquella niña con miedos e inseguridades.

Así fue como aquella niña ya nunca más fue niña.

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