Mi positivo. Dos vidas en una misma piel.

Y ahí estaba yo, con todo ese sentimiento maternal que se me escapaba de las manos. Con esa lucha interior que se debatía dentro de mí.

Ahí estábamos los dos. Mi pareja y yo. Emocionados. Pues compartíamos un secreto. Guardábamos algo que era sólo nuestro. Decidimos iniciar nuestra búsqueda en el más absoluto silencio, sin compartirla con nadie más. Queríamos sentirnos libres, sin presiones.

Y fue precioso. Eran momentos cómplices. Sabíamos que compartíamos un acto de amor, pero un amor más puro que nunca, pues de ese momento nacería una nueva vida.

De repente todas nuestras conversaciones acababan en un “te imaginas? con un bebé pequeñito en brazos?” “te imaginas? cuando te diga papá?” “te imaginas? cuando sonría por primera vez?”

De repente me descubrí, con sorpresa, mirando el vientre abultado de otras mamás y preguntándome que és lo que estarían sintiendo en ese momento. Anhelaba estar embarazada. Sentía un deseo profundo desde mis entrañas.

Al finalizar el primer mes desde que tomamos la decisión de ser padres empecé a ponerme nerviosa. Veía sintomas donde no los había. Leí y leí enbusca de los famosos síntomas de embarazo… Y tan pronto creía reconocerlos como pensaba que los estaba confundiendo en mi afán por ser madre.

Ahora sé que en ese momento mi instinto me desgarraba por dentro. Quería salir, por primera vez, y gritarme que algo había cambiado en mi interior, que ya no era la misma. Pero en aquel momento no quise escuchar a esa voz. Escuché a mi razón que me decía que era muy pronto para haberme quedado embarazada. Apenas acabábamos de empezar!

Así pasaron los días. Pero no conseguía desprenderme de esa sensación de constante nerviosismo. Por las noches no dormía. Y si el sueño venía a buscarme, me paseaba por las imágenes más estrambóticas y los decorados más caóticos que haya soñado jamás! Era un sueño intranquilo.

Ya no podía más. Tenía que saber si ya éramos tres. Me hice la prueba. Esos fueron los dos minutos más eternos que he pasado en la vida. Agarrada, con fuerza, a mi pareja… yo no era persona, era puro sentimiento… Ese negativo me zarandeó con fuerza. Algo se rompió dentro de mí. Qué desilusión! En algún momento había albergado la esperanza de llevar vida dentro de mí. Es más, algo me decía que así era… Pero los hechos eran clarísimos: Negativo.

Al cabo de una semana, ese murmullo que nacía de lo más profundo cada vez se hacía más fuerte. Llegó a convertirse en un clamor constante. Era imposible ignorarlo. Por primera vez cerré los ojos y me escuché, conecté conmigo misma. Sentía una nueva vida dentro de mí. Estaba ahí, hablándome en lo más profundo, desde mi vientre de madre.

El día de mi cumpleaños, fui a por otro test de embarazo. Ésta vez, haciendo caso a mi instinto. Otros dos minutos en los que creía morir… Negativo… Cómo era posible? Ya no podía creer en mí… Mis ganas de ser madre me habían conducido a un espejismo. Volví a mirar ese negativo. Fue por casualidad. Fue fugazmente. Algo había cambiado. MI POSITIVO PRECIOSO!!!! El único regalo que realmente deseaba!!!

Aún a día de hoy no sé si lo miré mal la primera vez, hecha un mar de nervios. O si tardó más en salir el positivo. Lo que si recuerdo es una explosión emocional tan grande que brotaba de mis ojos en forma de lágrimas, se arremolinaba en mi estómago en forma de mariposas y se paseaba por mi piel en forma de temblores.

Así me encontró mi pareja. Vino hacia a mí, corriendo, preocupado. “Qué te pasa, mi amor?” me dijo entonces. Aún temblando y emocionada le cogí la mano. Le abrí la palma y la deposité en mi vientre fecundado. Le miré a los ojos y sonreí. Por fin, dos vidas en una misma piel.

Han pasado por aquí

  • 179.908 personas