Mamá, quiero un vestido de novia…

href=”https://mamasquemimandotcom.files.wordpress.com/2013/04/20130409-163039.jpg”>20130409-163039.jpg Yo: Un vestido de qué, cariño? – respondo sorprendida. Tú: Un vestido de novia, blanco mami. – Sigo expectante a ver dónde me lleva esta conversación y mi mente en plena ebullición buscando satisfacer tu curiosidad con una buena respuesta. Yo: Te gustaría tener uno? – Respondo, dándome tiempo para pensar. Tú: Si. Es como de princesa, mami. – Me doy cuenta que te gusta porque es como el de los cuentos que te encantan, de princesas. Yo: Esos vestidos se los ponen las novias cuando se casan, pero podemos coser uno. – Digo entusiasmada ante la idea. Tú: “Se casan”? Qué es “se casan”? -Me preguntas con curiosidad. Tengo la sensación que la conversación se complica… Y tengo la sensación de que has crecido de golpe… Yo: Algunas personas, que se quieren mucho y están enamoradas, deciden casarse para expresar lo que sienten… Tú: Siiii?! Pues yo quiero casarme contigo!!! -Respondes con entusiasmo… Y yo… Así me quedo… Sin piel, al desnudo ante toda esa declaración de amor… Rubita mía, nuestro vínculo será indestructible y eterno… Un cordón umbilical ligado a través del tiempo y el espacio… Desde antes de tenerte, te quería… Ahora, te quiero como nunca… Y siempre te querré! (Nos casemos o no! O_=)

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La mujer que era y la mujer que soy

Hace apenas dos años yo no era nada de lo que ahora soy. Siempre he oído decir que la maternidad te cambia la vida pero nunca me imaginé que me transformaría de éste modo tan profundo e irreversible.

Y es que ser madre se ha convertido en mucho más que tener un hijo. Ser madre es ahora una filosofia de vida. La maternidad me ha aportado una visión única y especial de la vida y no concibo que antes haya podido tener una vida donde mi hija no existía. Ella que ahora lo LLENA todo.

Hace apenas dos años me parecía una ilusión que se pudiera criar a un hijo sin gritar, pegar o castigarlo por sus acciones. Me parecía algo tan bonito pero a la vez tan raro… Cómo podía ser?? A mi me habían criado corrigiendo mi comportamiento cuando creían que no era el adecuado.Y no conocía ninguna otra forma de hacerlo.

Yo sentía que no quería hacerle eso a mi bebé. No quería que ese ser que llevaba en mi vientre se sintiera desamparado o humillado en modo alguno por mí, su madre. Una madre que se supone que debe amarle incondicionalmente y protegerle de injusticias. Una madre que debe respetarle sobre todas las cosas y con mucho más ímpetu en la infancia ya que, aunque de menor edad, el bebé no deja de ser una persona y se merece respeto como tal. Pero desconocia referencia alguna. No sabía cómo iba a llevar a cabo esa idea que a mi me parecia tan natural y necesaria como infrecuente.

Hace apenas dos años pensaba que un bebé debía dormir en su cuna, luego en su cama y acto seguido en “su” habitación. Creía que el bebé no sabía dormir y se le debía ayudar.

Hace apenas dos años no estaba segura si iba a “poder” dar el pecho ni cuánto tiempo lo iba a dar. Creía que eso dependería de mí y de mi circunstancias.

Pensaba que a los cuatro meses ya se le introducían alimentos y que la lactancia era inexistente a esa edad. Creía en las “ayudas” con biberón porque con el pecho se podían quedar con hambre. Pensaba que pasaban de los biberones a las papillas directamente, no conocía alternativa posible.

Hace apenas dos años pensaba que los bebés iban cómodos en el carrito.

Hace apenas dos años cuidaba mi alimentación. Pero no sabía nada sobre alimentación alternativa o respetuosa, sobre parabenes o sobre potenciadores del sabor.

Así que hace apenas dos años yo era otra mujer, igual en apariencia pero distinta, muy distinta en el fondo. El cambio ya empezó cuando me sentí embarazada. Gestaba a mi hija dentro de mí pero también se gestaban dudas e inquietudes sobre crianza y sobre la vida que vendría… Y empecé una búsqueda exaustiva de alternativas. Alternativas en la manera de críar a mi futuro bebé… Todo empezó en un blog conocido donde se habla de Bebés  y más cositas…  Ahí empecé a seguir día a día la evolución de mi embarazo, leía cómo crecía mi bebé en mi interior y me empapaba sobre artículos que me abrieron un nuevo abanico de posibilidades en la crianza.

Me familiaricé con conceptos nuevos: lactancia materna, lactancia artificial, crianza con apego, crianza respetuosa, respeto por los tiempos, colecho… y quise saber más!!! Continué adentrándome en un foro de crianza respetuosa. Ahí encontré muchas mamás maravillosas que explicaban sus experiencias en la crianza respetuosa. Para mí fue toda una revolución saber que había tantas y tantas mamás que estaban llevando a cabo la maternidad que yo quería sentir. Una maternidad consciente y respetuosa con mi futuro bebé. Pero seguía sin entender algunos conceptos. Por poner un ejemplo, seguía sin entender por qué un “cachete a tiempo” estaba mal… De verdad podía hacerse de otra forma? Todas ellas me evidenciaban que sí… pero yo no estaba preparada aún para entender la maternidad respetuosa en todo su conjunto.

Esa gran verdad, ese sentimiento revelador se abrió en mí el día que recogí de mi vientre a mi propia hija. Fué la pieza del puzle que me faltaba para verme a mi misma en perspectiva. Ella fue el detonante de mi revolución interior.

A los pocos días de  nacer  mi hija tuve la suerte que cayó en mis manos un libro: COMER, AMAR, MAMAR de Carlos Gonzalez. Fue otra pieza clave en ese puzle maternal. A ese libro, le han seguido muchos más, pero sus palabras prendieron la chispa para liberar la madre que en realidad quería ser. La madre y la persona que siempre había llevado dentro pero que no se había atrevido a salir, bien por presiones sociales o por normas silenciosas que interiorizamos desde pequeños.

Sentí más que nunca una conexión especial con aquellas mujeres que al igual que yo estaban en continua renovación interior para ser mejores madres y mejores personas.

Me sentía en harmonía y cómoda en mi reciente maternidad pues dejé de mirar el reloj y me abandoné a esa conexión recíproca con mi hija que me indicaba en cada momento lo que necesitaba. Me sentía enamorada de su tacto y de su piel al llevarla pegadita a mí en el fular. Así, piel con piel tenía todo lo que necesitaba a su alcance, el alimento que manaba de mi cuerpo a demanda, el calor y el arrullo que se desprendía de mi piel.  El sueño, como el alimento a demanda… los bebés ya saben dormir y no necesita que interfiramos para nada. Pasamos de la lactancia materna exclusiva a la introducción de alimentos en trocitos, nada de papillas. Me sentí LIBRE para dormir con ella, pues no deseaba separarme ni un instante. Todavía hoy, con casi 22 meses de vida me sorprendo en el silencio de la noche observándola en su hermosa quietud, a mi lado, acurrucada cerquita de mi pecho y de mi corazón.

Lo más maravilloso es que a día de hoy seguimos piel con piel, con pecho a demanda y colechando, me encanta sentir que respto su espacio y su tiempo. Me encanta sentir que evolucionamos juntas, cada una transformándonos y cambiando juntas pero individualmente en cada etapa.

He cambiado mi alimentación, no como carne ni pescado.

He cambiado mi modo de ver la feminidad y de sentir mi poder como mujer.

En general HE CAMBIADO. Ya no soy la mujer que era y sé que la mujer que soy ahora, pronto dejará de serlo porque estoy en continuo crecimiento y descubrimiento de mí misma.

Pero cambiar no es facil. Requiere constancia, apoyo externo y seguridad en tí misma y en lo que haces. Una seguridad que casi ninguna madre cree que tiene ya que muchas veces nos hacen sentir anuladas en nuestra toma de decisiones referentes a la maternidad. Un apoyo que debemos buscar muchas veces en la inmensidad del ciberespacio y una constancia que pocas veces tenemos la fuerza de invocar en el puerperrio. El cambio no es facil pero ES posible.

Ahora, me sorpendo de lo desinformada que estaba.

No pretendo aleccionar sobre la mejor manera de criar o educar a un hijo. Ésta es tan sólo la historia de mi transformación. Un cambio que realmente me ha hecho más feliz conmigo misma y con mi família.

Mi embarazo. Un descubrimiento revolucionario.

Descubrir que estaba embarazada fue revolucionario. No sólo mis sentimientos estaban alborotados y puestos a prueba, sino ahora, mi cuerpo también se descubria y se abandonaba, gustoso, al cambio.

Descubrir que ese deseo tan profundo de ser madre había gestado una nueva vida en mi interior fue revolucionario. Un sentimiento indescriptible de amor incondicional se filtraba por cada poro de mi piel. Ya hacía tiempo que amaba a ese ser que estaba creciendo dentro de mí. Incluso antes de que llegara.

Me descubrí más radiante que nunca. Descubrí que había un nuevo YO dentro de mí. Mi YO maternal floreció en una explosión de sensaciones increibles.

Deambulaba en un mundo paralelo donde nada ni nadie era capaz de alcanzarme.  Me sentía diferente y la misma al mismo tiempo.  Era un estado de felicidad consciente y constante. Tiempo después descubrí que, en parte, ese estado se debía a las hormonas que revoloteaban por mi piel las que me producían aquel estado de embriaguez emocional.

Así que me dejé fluir en ese sentir de madre. Conecté con ese bebé que estaba creciendo dentro de mí y desconecté de todo lo demás.

Disfruté de mi embarazo de un modo inimaginable. Me encantó ver crecer a ese ser tan deseado. Lloré al sentir tu primer aleteo. Unas burbujitas imperceptibles y tímidas al principio, y un torbellino podo tiempo después! Lloré la primera vez que respondiste al nombre cariñoso que te dí “mi cariño chiquito”… Dulces palabras que aprendiste a reconocer y a responderlas con caricias entrañables que nunca olvidaré.

Lloré la primera vez que te vi, a través de las ondas y las lágrimas… Eras mi lentejilla. Cómo algo tan pequeño podía desencadenar unos sentimientos tan grandes?? Me sorpendiste entonces y me sigues sorprendiendo ahora!

Me enternezco al recordar todas las conversaciones que mantuve con mi tripita incipiente. Hija mía, sabía que mis sentimientos te alimentaban de la misma manera que lo hacía mi cuerpo. Sabía que mi felicidad era la tuya.

Lloré muchas veces en esos escasos nueve meses. Pero han sido las lágrimas más dulces que he derramado jamás.

No me costó nada sentir mi cuerpo crecer y adaptarse a tí. En cierto modo era como irnos conociendo, creciendo y acomodándonos juntas. Sentirte dentro, sentirte madurar en mi interior ha sido una experiencia única que me ha transformado para siempre. Ser madre ha sido y es toda una revolución que empezó justo en ese instante en el que llegaste a mí.

Pero todavía no era consciente del poder ancestral que esconde el cuerpo de mujer. Todavía había una parte instintiva de mi que seguía dormida. Aguardando a que algo o alguien viniera a sacudirla y despertarla de una vez por todas.

Residuos emocionales

Con este gran cambio que ha significado para mi la maternidad he tenido que aprender nuevas estrategias de comunicación.

Cada vez más busco un día a día emocionalmente más sano conmigo misma y con los demás.

Una vez leí en uno de los muchos libros que han caido en mis manos algo que me impactó y memorizé: “No esperes, No desees, No te impacientes… y vendrá!”

Me lo he repetido muchas mañanas y me ha ayudado mucho. Ahora con mi experiencia como madre a contra corriente la he perfeccionado un poco. Así que me recuerdo cada mañana:

1. Dí lo que piensas. Haz lo que sientas.

2. Pide lo que necesites.

3. Aléjate de las cosas que te hagan daño

Desde que aireo mis pensamientos de manera sincera y respetuosa, me siento mejor. No voy guardando sensciones negativas que lo único que hacen es alimentar al monstruo que llevamos dentro.

Hago lo que siento (lo intento…) sin remordimientos. Si me apetece besar beso. Si no me apetece ir no voy. Y aquí enlazo con alejarme de las cosas que me hacen daño. Por qué me tengo que sentir obligada, en nombre del respeto o de la cortesía, a ir con alguien con quien no quiero?? Por qué debo ir en compañía de gente que, cual vampiro emocional, me deja sin energía? Me deja vacía?

Por qué hacerlo?? Eso no es sano para mí ni para nadie!!

Muchas veces me encuentro con personas que creen poseer la verdad sobre todas las cosas. No quieren ni aceptan explicaciones. Pues su manera de pensar y sus actos son autoritarios. Por qué malgastar mi energía?

Quiero que mi hija tenga recursos ante esas situaciones. Quiero que sepa expresar sus emociones, que sepa decir en cada momento lo que quiere y lo que SIENTE y actue en conseqüencia.

Quiero que mi hija crezca libre de cualquier residuo emocional dañino. Y es que acumular tristeza o rabia duele más que nada y crece con el paso del tiempo.

No quiero ser yo quien le corte las alas. Y para transmitirle esos valores ocultos, primero, ese cambio tiene que producirse en mí. Y es duro. Y es dificil.

Ser madre, hace que cada vez más vea en el espejo a aquella niña asustada de todo y de todos. Veo cómo le costó (y le cuesta) a aquella niña verse como quien realmente es y no como siempre han querido que se viera.

A esa niña, le cuesta horrores reconocer que, a ella, sí le cortaron las alas… Y que pudo volar muy alto, pero que por miedo, ni siquiera lo intentó.

Por suerte, la niña que no era una niña ahora tiene una nueva luz en su vida… y cada vez que me sonríe me recuerda que tengo mucho que hacer y que ofrecer…

Piel con piel.

A lo largo de ésta semana se va a promover el porteo a través de la Semana Internacional por la Crianza en Brazos.

Yo quiero aportar mi experiencia.

Cuando nació mi hija, yo no había leído nada sobre, crianza natural, colecho… Ninguna de esas palabras me resultaban familiares. Pero sí tenía un hermoso fular que le había pedido como regalo a una amiga muy especial. Tenía unas ganas tremendas de compartir mi vida con la personita que más ansiaba conocer, mi hija. Quería llevarla conmigo, ser su cuna, su alimento, su calor, su mundo!!

Siempre siento que acompañar a mi hija en el nacimiento, cogerla delicadamente con mis manos mientras salía de mí, me cambió.

Al momento de nacer ya la tenía conmigo, pegadita, piel con piel. Sentir su calor, notar su corazón es lo mejor que como madre me puede pasar. En aquel instante supe que quería seguir así, unida a ella por ese vínculo invisible, mágico y maravilloso. Porque así es ella, mágica y maravillosa.

Aquí llegaron los comentarios típicos que sufren por mi seguridad emocional y por la de mi hija que aseguran que así se malacostumbrará y será terriblemente dependiente. Puede que por un momento me hicieran dudar. Pero cómo puede ser perjudicial sentir la piel de tu hija? Ese contacto me da la vida! Cómo puede ser malo algo que sale del corazón?

Decidí escucharme. Escuchar mis instintos. Mi cuerpo la llamaba, la quería conmigo. Separarme de ella me producía un vacío inexplicable. Me faltaba algo. Me faltaba el latir de un corazón que había nacido dentro de mí.

Ahora mi pequeña ya tiene 17 meses. Seguimos porteando. Las críticas han ido en aumento desde entonces. Pues la gente ya no está preocupada porque se malcrie, sino por mi espalda. Y yo agradezco su preocupación cuando es sincera. Pero llevar a mi hija no me pesa y no me pesará nunca.

Eso es el porteo. Llevar lo más preciado, lo más querido, cerca de ti. Muy cerca. Piel con piel. Notar su calor y su olor. Su suavidad y su dulzura. Es alimentarla donde y cuando sea. Es sentir su respiración acompasada al dormir sobre tu pecho. Es darle alimento dónde y cuándo lo necesite sin importar el tiempo ni el lugar. Es crecer acompasadas por una melodía sin música. Una canción que sólo suena para nosotras dos.

Eso es el porteo, descubrir la mágia de ser uno, madre e hija.

Olor

Olores del pasado me envuelven, me acarician… me transportan a un pasado antiguo en el que no existia el tiempo. Ahí soy invencible, libre. Soy una explosión de emociones, de sensaciones. Soy una cria.

Olor dulce, sereno de mi abuela que me acuna. Olor a música, a nana que me mece en mi sueño, acurrucada en su regazo.

Olor penetrante, olor contundente el de mi padre al recoger mi cuerpo de niña dormido en el sofá. Me encanta sentirme protegida en ese sueño frágil que se rompe de madrugada.

Olor inconfundible, el de mi madre. Huele como sólo huelen las madres. Cierro los ojos. Ahora, ya soy una mujer. Soy madre.

Mi vida se llena de nuevos olores que se entremezclan con el recuerdo de los viejos. Viejos recuerdos que andan escondidos en lo más profundo, dentro de mí.

Mi vida, ahora, huele a risas cómplices y carícias furtivas por la mañana. Mi vida, ahora, huele a tí, mi niña.

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